miércoles, 11 de noviembre de 2009

Noviembre 2009
Historia


Cuando se desmanteló el muro de Berlín en 1989 y a su vez cayeron los regímenes estalinistas, el capitalismo se autoproclamó como vencedor. La caída del estalinismo fue utilizada para iniciar una ofensiva ideológica global contra el socialismo que además fue injustamente comparado con ese sistema dictatorial y burocrático, lo que ha llevado a sufrir por todo el mundo las brutales políticas neoliberales capitalistas. Como introducción a una edición especial de Socialism Today por el aniversario de estos hechos, Peter Taaffe evoca los increíbles acontecimientos de 1989 y sus consecuencias.
Estalinismo y después...
En el vigésimo aniversario de 1989...
Peter Taaffe, Secretario General, Partido Socialista (CWI en Inglaterra & Gales). Artículo de Socialism Today, revista del Partido Socialista.
Socialism Today, Noviembre 2009

En el vigésimo aniversario de 1989 los ideólogos, políticos y medios de comunicación del mundo capitalista desean reforzar en el imaginario popular que los acontecimientos de aquel tumultuoso año significaron sólo una cosa, la “derrota final” del marxismo, del comunismo y del propio socialismo, enterrados para siempre bajo los escombros del muro de Berlín. Aquello también significó la victoria final del capitalismo, con el “fin de la historia” de acuerdo a Francis Fukuyama, estableciéndose este sistema como el único modelo posible para organizar la producción y dirigir la sociedad. Un paradigma económico, ignorándose incluso los ciclos capitalistas de “auge y caída”, que proporcionaba una escalinata de oro que nos llevaría hasta una existencia de continuo crecimiento humano, justo y civilizado. La crisis económica de la primera parte de esta década, acompañada por las guerras de Iraq y Afganistán, dio al traste con este pronóstico. La actual y devastadora “gran recesión” lo ha desacreditado absolutamente. Es más, fue el marxismo, los miembros y seguidores del Partido Socialista y esta publicación, los que predijeron este hecho. Pero todavía se supone que estamos marginados, destinados a no volver a ejercer nunca una influencia.

Los resultados de los trascendentales acontecimientos de 1989 fueron realmente una “revolución”, pero una contrarrevolución social, que terminó con la liquidación final de lo que quedaba de las economías planificadas de Rusia y Europa del Este. Pero este movimiento, que se extendió de un país a otro, no comenzó con este objetivo, especialmente en lo que respecta a las masas. Los capitalistas, a través de sus representantes como la primer ministro británico Margaret Thatcher o el presidente francés François Miterrand, ni esperaron ni dieron la bienvenida, en un principio, a los movimientos de masas que acompañaron la caída de los regímenes estalinistas.

El cruel órgano del capital financiero norteamericano, el Wall Street Journal, comentando la competición entre el capitalismo y los regímenes comunistas de Europa del Este, declaró simplemente a comienzos de la década de 1990: “Ganamos”. Un no menos exultante Independent (8 de enero de 1990) hablaba de que “con seguridad, como sistema, el capitalismo es el ganador”. La impresión dada desde aquel momento es que los adivinos olímpicos del capitalismo predijeron los acontecimientos de 1989. El Financial Times, el micrófono de los capitalistas tanto antes como ahora, escribía: “Alemania del Este no tiene todavía un movimiento de masas en el horizonte, los líderes de Checoslovaquia no pueden cuestionar que la fuente de su legitimidad es la invasión soviética de 1968, Hungría se enfrenta a algunos disidentes pero todavía el proletariado no se despertó. Bulgaria introducirá reformas al estilo soviético sin el caos del estilo soviético o de una “democracia novata”, Rumania y Albania están cogidos con pinzas de hierro”. Esto lo escribió John Lloyd, antiguo colaborador del New Statesman (N. del T. El New Statesman es una revista política inglesa fundada en 1913, con posiciones de centro-izquierda), no 30 años antes sino el 14 de octubre de 1989, menos de un mes antes de la caída del Muro de Berlín.

Comprender el estalinismo
Tratando de mitigar esta caída en “perspectiva”, el difunto Hugo Young escribió en el diario The Guardian (29 diciembre de 1989) que “ni un sólo vidente preveía” los históricos acontecimientos de aquel año. Esto no es cierto. Fue precisamente el teórico marxista Leon Trotsky, con sus métodos antediluvianos quién más de medio siglo antes había predicho la inevitable revuelta de la clase trabajadora contra el estalinismo (en aquel momento confinado a la Unión Soviética). Predijo un movimiento de masas que derrotaría a los usurpadores burócratas que controlaban el estado y una revolución política para establecer una democracia obrera. Pero también escribió en la década de 1930 en su monumental obra La revolución traicionada, que una parte de la burocracia podría promover una vuelta al capitalismo.

Esta idea no se la sacó Trotsky de la chistera sino que estaba basada en meticulosos análisis de las contradicciones del desgobierno estalinista y de las fuerzas que este sistema haría inevitablemente aparecer. Karl Marx señaló que la clave de la historia era el desarrollo de las fuerzas productivas: ciencia, técnica y organización del trabajo. También dijo que ningún sistema desaparece sin agotar todas las posibilidades latentes existentes dentro de él. El capitalismo, un sistema económico basado en la producción por el beneficio antes que por las necesidades sociales, con el trabajo no remunerado de la clase trabajadora como su razón de ser, se enfrenta a un ciclo de “auge y caída” que incluso Gordon Brown se ha visto obligado ahora a reconocer. Pero como Trotsky analizó, el estalinismo, que ejercía un completo dominio burocrático, se convertiría en cierto momento (aunque por distintas razones que el capitalismo) en un grillete para un superior desarrollo económico de la sociedad.

En el periodo que llega hasta finales de la década de 1970, y a pesar de las monstruosidades de Stalin y del régimen que presidía (las purgas, el trabajo esclavo en los gulags), la industria y la sociedad pudieron desarrollarse. En esa etapa, a pesar de los colosales gastos generales derivados del desgobierno burocrático, el estalinismo tuvo un papel relativamente progresista. Existieron algunas analogías con el capitalismo y su auge durante el siglo XIX y hasta 1914, cuando se convirtió en una barrera para un mayor progreso, y que fue cuando se tradujo en los horrores de la Primera Guerra Mundial. Enfrentado con el estancamiento, regresión e incluso desintegración (que es lo que ocurrió en los estados estalinistas, especialmente en Rusia desde finales de la década de 1970), los países daban bandazos de un expediente a otro. Se movieron de la centralización a la descentralización y de nuevo se recentralizaron en intentos vanos de escapar del callejón sin salida burocrático.

Los métodos de la burocracia y del autoritarismo pudieron ser en algún sentido útiles en la etapa en que el objetivo de Rusia era tomar prestado las técnicas industriales de Occidente, desarrollar una infraestructura industrial, etcétera, y cuando el nivel cultural de las masas de la clase trabajadora y el campesinado era todavía bajo. Pero en la década de 1970, Rusia se había industrializado enormemente y era, incluso aunque algunas de las exclamaciones fueron exageradas, un rival industrial de EE.UU. Durante una época se produjeron más científicos y técnicos que EE.UU. Pero la creación de una fuerza de trabajo culturalmente avanzada, altamente educada en algunos sentidos, llevó a que los gobernantes chocaran con las necesidades de la industria y de la sociedad. Los precios de millones de productos básicos, por ejemplo, fueron establecidos en los ministerios centrales en Moscú convirtiendo cada vez más en un impedimento al régimen. El descontento de las masas creció y se reflejó no sólo en los intentos de la revolución política en Hungría en 1956, Polonia, Checoslovaquia en 1968, etcétera, sino también en Rusia. Las huelgas en 1962 en Novocherkassk, por ejemplo, mostraban el peligro que amenazaba el continuo gobierno de la burocracia.

Levantar la tapa
Fue en este contexto que Mijail Gorbachov llegó al poder en la Unión Soviética, representando al ala más liberal de la burocracia, prometiendo una apertura a través de la perestroika (reestructuración de la política y de la economía) y la glasnost (apertura). A causa de los subsiguientes acontecimientos históricos, Gorbachov se ha convertido en la figura que preside la vuelta al capitalismo de Rusia y la liquidación de la antigua URSS. Sin embargo todo este proceso no comenzó con ese propósito. Como todas las elites dirigentes, siguiendo la tradición de los antiguos gobernantes burócratas desde Stalin en adelante y sintiendo desde abajo el descontento de las masas, Gorbachov trató desesperadamente de introducir reformas para evitar la revolución. Pero levantar la tapa de la olla a presión produce inevitablemente como resultado la revuelta de masas que se esta tratando de evitar.

En sus comentarios sobre 1989, los representantes capitalistas no dudan en utilizar la palabra “revolución” como ha sido siempre su costumbre. Esto contrasta con su descripción, repetida hasta la nausea, particularmente en la reciente biografía de Trotsky de Robert Service, de que la Revolución rusa de octubre fue un golpe de estado. Describir 1989 como una revolución sólo es parcialmente correcto. Existieron elementos de los comienzos de una revolución (más exactamente elementos de una revolución política) en Alemania del Este, Rumania, Checoslovaquia, China con los acontecimientos de la Plaza de Tiananmen e incluso la propia Rusia, aunque los movimientos de masas no alcanzaron las mismas proporciones. En todos esos países hubo una expresión inequívoca, al comienzo, que pedía la reforma democrática dentro del sistema, lo que implica aceptar la continuación de la economía planificada. Este movimiento se extendió velozmente, como un fuego en la llanura, de un país a otro. Un póster de aquella época en Praga reza: “Polonia, 10 años. Hungría, 10 meses. Alemania del Este, 10 semanas. Checoslovaquia, 10 días. Rumania, 10 horas.”

Por otra parte, los métodos usados para hacer desaparecer los regímenes estalinistas fueron las manifestaciones masivas y las huelgas generales. No fueron los habituales métodos contrarrevolucionarios de la burguesía, sino peticiones que apuntaban al recorte o desaparición de los privilegios de la burocracia. En uno de los muchos artículos en Militant (la predecesora de The Socialist) anterior a la caída del régimen estalinista en Alemania del Este, la petición de democracia era evidente. El 24 de octubre informábamos: “Miles de jóvenes protestaban por las calles y fueron bloqueados por columnas de policías armados. Los jóvenes marcharon hacia ellos y comenzaron a cantar: “Sois la policía del pueblo. Nosotros somos la gente. ¿A quiénes estáis protegiendo?”. Cantaron la Internacional y comenzaron con una canción de las luchas contra los fascistas llamada The Workers´ United Front (Frente Unido de los Trabajadores). Sus palabras tuvieron un particular efecto en la policía: “Pertenecéis también al frente unido de los trabajadores porque también sois trabajadores”. La policía simplemente se quedó quieta y se hicieron a un lado cuando los jóvenes continuaron su marcha. En los bares, los soldados discutían abiertamente con los trabajadores y jóvenes. Un grupo discutía sobre la posibilidad de que ordenaran al regimiento disparar sobre los manifestantes. Un recluta intervino: “Pueden ordenarlo, pero nunca dispararemos a la gente. Si nos lo ordenan, nos giraremos hacia los oficiales.”

En Rusia también aparecieron pósteres: “No gente para el socialismo, sino socialismo para la gente. Fuera los privilegios de los políticos y de los burócratas, los sirvientes del pueblo deben hacer también las colas”. En ese momento, una encuesta en Rusia mostraba que sólo un 3% votaría por una formación capitalista en unas elecciones con variedad de partidos. Los representantes más destacados del capitalismo temían que las demandas de una revolución política sirvieran de precedente para el ambiente procapitalista que existía en ciertos estratos. Un millón, quizá dos millones de trabajadores, estuvieron en las calles de Beijing frente al medio millón que saludaba a Gorbachov en mayo. Después de la sangrienta supresión de Tiananmen, el antiguo primer ministro tory británico, Edward Heath, apareció en televisión junto a Henry Kissinger, la conocida mano derecha del presidente Nixon durante los bombardeos de Vietnam y Camboya. Heath dijo: “Los estudiantes y trabajadores chinos no persiguen el tipo de democracia que nosotros defendemos...están cantando La Internacional”. Kissinger calificó de “desafortunado” que el movimiento de masas hubiera manchado el final de la carrera del líder chino Deng Xiao-Ping.

De cara a la galería, ambos se opusieron al derramamiento de sangre. Pero más importante para ellos fue mantener las relaciones y los negocios con la burocracia China. De forma repugnante, el miembro del parlamento del ala derecha de los laboristas Gerald Kaufman, famoso hace poco por haber “metido la mano” en su presupuesto de gastos como parlamentario, en aquel entonces portavoz de Asuntos Exteriores, declaró: “Uno puede entender que el gobierno chino quiera tomar el control de la plaza, aunque han ido un poco lejos para recuperarlo”.

Alarma en Occidente
Thatcher también expresó su alarma ante los acontecimientos en Europa del Este, especialmente por la posibilidad de la reunificación alemana tras la caída del Muro de Berlín. Documentos recientemente robados en Rusia y publicados en The Times en septiembre mencionan que Thatcher “dos meses antes de la caída del Muro... dijo al presidente Gorbachov que ni Inglaterra ni Europa Occidental querían la unificación de Alemania y dejó claro que quería que el líder soviético hiciese todo lo posible para pararla”. También dijo: “No queremos una Alemania unida... esto llevaría a un cambio en las fronteras de después de la guerra y no lo podemos permitir, ya que este desarrollo podría minar la estabilidad de toda la situación internacional y hacer peligrar nuestra seguridad.”

Durante un encuentro con Gorbachov insistió en que no se grabase la conversación. Desafortunadamente para ella se tomaron notas de sus declaraciones. No le importaba lo que estaba ocurriendo en Polonia, en donde el Partido Comunista fue derrotado en la primera votación abierta en Europa del Este desde la toma de posesión estalinista, sólo le interesaban“algunos de los cambios en Europa del Este”. De forma increíble, especialmente tras las declaraciones belicosas sobre el Pacto de Varsovia del presidente estadounidense George Bush padre, quiso “permanecer en su lugar” y mostró “su profunda preocupación” por lo que estaba ocurriendo en Alemania del Este.

Mitterrand también estaba alarmado por la posibilidad de la reunificación alemana e incluso contempló la posibilidad de una alianza con Rusia para impedirlo. Estaba preparado para camuflar este hecho como “la unión de ejércitos para luchar contra los desastres naturales” y usarlo, de hecho, como una advertencia contra las masas de Alemania Oriental por ir tan lejos. Por una parte, la postura de Thatcher y Mitterrand expresaba el miedo a un capitalismo alemán reforzado, pero también las repercusiones que estos acontecimientos podían provocar en un movimiento de masas descontrolado en Europa Occidental y en otras partes. Uno de los asesores, Jacques Attali, incluso dijo que “se iría a vivir a Marte si la unificación (alemana) se llevaba a cabo”. Thatcher escribió en sus memorias: “Si existe un ejemplo de política exterior que yo quisiera aplicar y que falló, fue mi política respecto a la reunificación alemana”.

Gorbachov y su séquito del Kremlin, halagados por las alabanzas en los círculos capitalistas occidentales, se estremecían ante el paso y los resultados de los acontecimientos en Europa Oriental. Inocentemente, Gorbachov creyó que tras ciertas concesiones, por ejemplo un rechazo a apoyar a los dinosaurios estalinistas de la Alemania Oriental (pensaba que Erich Honecker, inflexible autócrata de Alemania del Este, era un imbécil), las masas le estarían agradecidas y darían el asunto por finalizado. Gorbachov no tenía intención al principio de “liberalizar” el estalinismo. Ciertamente no había declarado intención de instalar el capitalismo. Pero como el resto de los regimenes estalinistas gobernantes, fue arrastrado por los acontecimientos. No fue sólo Honecker, Ceaucescu en Rumania, las bandas estalinistas en Bulgaria y en otras partes las que fueron derrocadas. Los movimientos de Europa del Este, en la periferia del estalinismo, se extendieron al corazón de Rusia. El resultado fue una vuelta al capitalismo en la Europa del Este y en la propia Rusia.

¿Era inevitable la restauración capitalista?
¿Era todo esto un resultado inevitable? No existe la inevitabilidad en historia si, cuando las condiciones para la revolución maduran, el “factor subjetivo” esta presente en forma de un liderazgo y de un partido realmente revolucionario. Esto se había perdido en todos los estados estalinistas, especialmente en la propia Rusia. Había una amplia repulsa del gobierno sin límites de la burocracia y peticiones para frenar los privilegios y la corrupción a gran escala. Había deseo, había una búsqueda por parte de las masas de un programa de democracia obrera en todos los países. Además, los acontecimientos ocurrieron en las calles, principalmente en las fábricas y en los centros de trabajo. Antes de esto, los marxistas esperaban y creían que era posible que tras una revuelta de masas, incluso si había un número limitado de cuadros marxistas, podría crearse un partido de masas. Con el liderazgo oportuno, podrían asistir a las masas llevándolas a las tareas de la revolución política: manteniendo la economía planificada, pero renovándola en función de una democracia obrera. Había trabajo en la sombra, pero sin raíces o sin una presencia real en los estados estalinistas. Dada la apariencia de “estados fuertes” de carácter totalitario en el periodo hasta los acontecimientos de 1989, era problemático un verdadero trabajo de masas.

Este fue al menos el caso de Polonia, donde había habido tendencias claramente procapitalistas en la década de 1980, pero que emergieron con especial fuerza tras la caída del movimiento Solidaridad en 1980-81. En aquel momento los elementos de una revolución política existían incluso en el programa de Solidaridad, aunque bajo el liderazgo de Lech Walesa se estaba bajo la Iglesia católica. Ya existía al lado de estos elementos sentimientos procapitalistas. El aplastamiento militar del movimiento Solidaridad en 1981 fue llevado a cabo no por el Partido Comunista polaco, cuya autoridad se había completamente evaporado en aquel entonces, sino por el régimen estalinista militar-bonapartista del general Jaruzelsky. Éste, aliado al auge económico del capitalismo en la década de 1980, destrozó la esperanza de la democracia obrera y el mantenimiento de una economía planificada. El sentimiento de la masa miró a otras alternativas, especialmente al retorno al capitalismo, lo que quedó revelado durante las visitas de Thatcher y Bush a Polonia en 1988. Tuvieron un recibimiento masivo en las calles de Varsovia con la gente esperando, de forma inocente como finalmente se ha visto, grandes resultados que incrementasen los estándares de vida que el desacreditado modelo estalinista había desmoronado.

Este proceso no fue tan marcado en todas partes, de hecho no en Rusia. Allí, la esperanza de una revolución política no se había extinguido totalmente entre los marxistas rusos e internacionales, incluso ocurridos los acontecimientos de Polonia. Después de todo, la revuelta de los húngaros en 1956 estuvo acompañada de la creación de consejos obreros según el modelo de la Revolución rusa. Esto después de que las masas habían sido mantenidas en la oscura noche de 20 años de terror fascista de Horthy seguido de 10 años de terror estalinista. No hubo una intención predominante de vuelta al capitalismo en 1956. Lo mismo ocurrió el mismo año en Polonia, en 1970 y en 1980-81. En 1968 en Checoslovaquia hubo fuerzas peleando por el retorno del capitalismo pero eran una minoría, con una mayoría aplastante de las masas buscando las ideas de una democracia obrera, resumidas en la frase del primer ministro Alexander Dubcek, “Socialismo con rostro humano”.

La Primavera checoslovaca en 1968
El aplastamiento de la Primavera checoslovaca en 1968, antes de que pudiera florecer en el verano de una revolución política, llevó a olvidar la perspectiva de la democracia obrera como una salida a la parálisis del moribundo estalinismo. Pero la historia no se para ahí. La agonía mortal del estalinismo en una década, combinada con los fuegos artificiales del aparente éxito económico del mundo capitalista en la década de 1980, generaron la ilusión de que el sistema más allá del muro, el capitalismo occidental, ofrecía un modelo mejor para el progreso que el embrutecedor sistema de Europa del Este y Rusia.

¿Por qué la resistencia fue tan limitada?
Uno de los hechos más asombrosos a los que se enfrentan los marxistas desde entonces es porqué hubo sólo una pequeña resistencia entre la población una vez que Rusia comenzó a caminar en dirección al capitalismo. Sin embargo la respuesta a esta adivinanza puede encontrarse en la historia del estalinismo, especialmente en las diferentes fases por las que atravesó. En particular, las purgas organizadas por Stalin en 1936-38 representaron un momento crucial. Aniquilando a los últimos remanentes del partido bolchevique, destruyendo incluso a capituladores como Zinoviev y Kamenev, Stalin esperaba borrar la memoria de la clase trabajadora en la URSS. Hasta aquel momento unas cuantas generaciones estaban todavía conectadas con la Revolución rusa y sus ganancias, en la forma de nacionalización de las fuerzas productivas y un plan de producción.

Además había apoyo internacional generalizado entre las capas desarrolladas de la clase trabajadora por los avances y las principales conquistas de la Revolución rusa. Esto a pesar del hecho de que en Rusia ya en la década de 1930, como Trotsky señaló, había una extensa crítica al régimen burocrático presidido por Stalin. La llegada de la revolución española también tuvo un efecto electrificante en Rusia, tanto en las esperanzas generadas por el triunfo de la revolución mundial como por el emocionante recuerdo de lo que había ocurrido en Rusia dos décadas antes. Por eso Stalin condujo a “una guerra civil unilateral” para destruir los últimos vestigios del partido bolchevique. Pero las purgas fueron mucho más allá que todo esto. Utilizó también la ocasión, difamando a Trotsky y a la Oposición de Izquierda Internacional como agentes de una contrarrevolución en Rusia inspirada en el extranjero, para extinguir todos los remanentes de la burocracia conectados a la memoria de la Revolución.

No fueron sólo los opositores de la izquierda quienes fueron asesinados sino cientos de miles de trabajadores y campesinos, incluyendo amplios sectores de la burocracia. A través de estos bárbaros métodos, Stalin había construido, de hecho, una máquina burocrática que no estaba en ningún sentido conectada con el heroico periodo de la Revolución de octubre. Gente como Nikita Khrushchev, Yuri Andropov y el resto que dominaría el estado durante las siguientes décadas no habían participado en la clandestinidad bolchevique o en la Revolución de octubre y eran, en este sentido, unos “sin historia” dentro de la rica experiencia revolucionaria rusa. Todos los elementos críticos dentro del la clase obrera también fueron eliminados en esta etapa.

A pesar de los monstruosos crímenes del estalinismo, incluyendo la ejecución del mejor comando militar del ejército rojo lo que facilitó la invasión de Hitler en 1941, las ventajas de la economía planificada eran todavía un plus. Además, la crisis atacaba al capitalismo con un gran desempleo que provenía de la gran depresión en la década de 1930. Como Trotsky señaló, había una oposición masiva al estalinismo pero la mano de la clase trabajadora, por una serie de factores, no se movió para derrocar al régimen. No menor fue el miedo de que el movimiento contra Stalin y contra la burocracia abriera la puerta a la contrarrevolución capitalista. Al mismo tiempo, en términos generales y a pesar de la burocracia, la industria, la sociedad y los estándares de vida de las masas continuaron avanzando.

Sin embargo la muerte de Stalin llevó a las revelaciones de Khrushchev en el vigésimo Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética y el llamado “deshielo”. Khrushchev denunció a Stalin y algunos de sus crímenes, sin embargo, en realidad sólo se permitieron dosis “admisibles” de ciertas verdades. Incluso esas verdades a medias se mezclaron con mentiras y no tocaron los mitos estalinistas y sus falsificaciones. Khrushchev temía ir demasiado lejos y los líderes estalinistas rusos como Leonid Brezhnev, que derrocó a Khrushchev, reprimieron cualquier revelación real de los crímenes de Stalin y de las causas del estalinismo mismo. Más tarde, incluso aceptaron su rehabilitación parcial. Por eso, cuando el sistema comenzó a deshacerse no hubo en Rusia una alternativa marxista real, ya fuera una conciencia de masa desarrollada o fuerzas capaces de instalar un programa de democracia obrera.

Hubiera sido realmente posible desde la década de 1980 hasta el momento de la caída del estalinismo presentar una clara imagen de las razones de las purgas, las persecuciones, las causas del estalinismo y una alternativa a este sistema desacreditado, Pero, de forma irónica, las purgas y la máquina represiva habían diezmado cualquier “factor subjetivo” que pudiera haberse desarrollado y haber jugado un papel decisivo. Sería un error, sin embargo, concluir que no había elementos en Rusia que buscaran un programa de democracia obrera, tal y como demuestra el artículo en estas páginas (página 17) de Rob Jones. Pero eran muy débiles para contener el impulso del capitalismo occidental, especialmente para una generación sin preparación atraída por la supuesta abundancia de los bienes de consumo que creían que estaban allí con sólo pedirlos.

Capitalismo corrupto
La vuelta del capitalismo dio al traste con cualquier intento de investigación honesta sobre las raíces y las razones del estalinismo, de preparar una restauración de la economía planificada con las bases de una democracia obrera. Los pocos que lo intentaron fueron abrumados por una ola de maliciosa propaganda anticomunista de los supuestos periódicos “democráticos” al servicio de la burguesía emergente. Fueron la imagen en el espejo burgués de la escuela estalinista de falsificación. El totalitarismo estalinista, se decía, surgió del carácter criminal del bolchevismo. La revolución Rusa fue un golpe de estado, etc.

Lo que siguió fue una orgía de propaganda capitalista que inundó la Rusia posterior a 1989. Esto estuvo acompañado por promesas de lo que el entonces canciller alemán Helmut Kohl, predijo que sería como “los campos en flor” en el mundo “post-estalinista”. Junto a la carretera de vuelta al capitalismo, las masas de estos países llegarían eventualmente a los estándares de vida de Alemania, si no a los americanos. “Vía Bangladesh”, replicó la pequeña banda de marxistas de Europa del Este. Lo mejor que podía esperar la clase trabajadora de Rusia y de Europa del Este, se dijo, fue que quizá se hundieran los estándares de los estándares de vida hasta los niveles de Latinoamérica. Esto, hay que confesarlo hoy en día, fue una perspectiva muy optimista. Rusia experimentó un colapso sin precedentes en sus fuerzas productivas excediendo en sus dimensiones y profundidad a la gran depresión de los años 1930.

Entre 1989-98 casi la mitad (45%) de la producción rusa se perdió. Esto vino acompañado por una desintegración sin precedentes de toda la antigua URSS en los elementos básicos de una sociedad “civilizada” doblándose los porcentajes de asesinatos y crímenes. A mitad de la década de 1990 la tasa de asesinatos subió por encima de 30 por 100.000 personas, frente al 1 o 2 por 100.000 en Europa Occidental. Sólo dos países en aquel momento tenían tasas mayores: Sudáfrica y Colombia. Incluso países notoriamente dominados por el crimen como Brasil y México tenían cifras un 50% menores que Rusia. La tasa de asesinatos en EE.UU., de las más altas en el mundo “desarrollado” con 6-7 por 100.000, palidecía en comparación. En el año 2000, un tercio de la población de Rusia estaba viviendo por debajo de la línea de la pobreza oficial. La desigualdad se había triplicado.

La tasa de asesinatos fue un síntoma y un resultado de la desenfrenada corrupción del capitalismo. Ex-miembros de la Liga Joven Comunista, como el propietario del Chelsea Fútbol Club, Roman Abramovitch, tomaron en sus manos la parte lucrativa de las antiguas empresas estatales, tales como la industria petrolera. Tiroteos al estilo de Chicago pero a una escala nacional e incluso internacional se produjeron entre los diferentes grupos que luchaban por el reparto de la tarta estatal. La economía rusa se redujo a la mitad a causa de la destrucción creada por el regreso del capitalismo. Los ingresos reales en la década de 1990 se desplomaron un 40%. Avanzada esta década más de 44 de los 148 millones de habitantes de Rusia estaban viviendo en la pobreza, definida como vivir con menos de 32$ al mes. Tres cuartas partes de la población tenían menos de 100$ al mes. Los suicidios se doblaron y las muertes por abuso de alcohol se triplicaron a mediados de los 90. La mortalidad infantil cayó a niveles del Tercer Mundo mientras que la tasa de nacimientos colapsó.

En sólo 5 años de “reforma”, la esperanza de vida cayó dos años hasta 72 para las mujeres y 4, hasta 58, para los hombres. Esto resulta increíble porque para los hombre esta cifras era menor que un siglo antes. Si la tasa de muertes hubiera continuado la población rusa habría descendido un millón por año, cayendo hasta 123 millones, un derrumbe demográfico no visto desde la Segunda Guerra Mundial cuando Rusia perdió entre 25 y 30 millones de personas. A finales de 1998 por lo menos 2 millones de niños rusos eran huérfanos, más que en 1945. Pero sólo 650.000 vivían en orfanatos mientras que el resto de esos pobres lo hacían en la calle.

La nueva burguesía robo de hecho todo lo que caía en sus manos, en lo que ha sido descrito como una lucha infernal. Saquearon la riqueza nacional y los recursos naturales, vendieron el oro, los diamantes, el petróleo y el gas del Estado. Los horrores de la revolución industrial, el nacimiento del capitalismo moderno descrito gráficamente en El Capital de Marx, no fue nada comparado con los monstruosos crímenes con los que la nueva burguesía rusa celebró su llegada al mundo. Este infierno terrenal se suavizó algo a finales de los 90 con un crecimiento del ingreso nacional impulsado especialmente con la exportación de petróleo y gas que además estaba en la base del boom del mundo capitalista y que ahora se ha frenado.

Políticamente, el caos de los 90 fue reemplazado por el “orden” de Vladimir Putin y, ahora, Dimitri Medvedev. Pero Rusia no ha alcanzado todavía, por lo menos en la producción manufacturera, los niveles de 1989-90. Esta es una devastadora acusación al “renacimiento” del capitalismo en Rusia. Si comparamos la Revolución Industrial con una sana y robusta niñez, el equivalente en la Rusia moderna con su vuelta al capitalismo sería una criatura que todavía está luchando por respirar, caminar sola y correr. Verdaderamente las masas de todos los estados ex-estalinistas llevan un terrible carga por el regreso del capitalismo.

Consecuencias de largo alcance
La clase trabajadora internacional también ha pagado un alto precio. El colapso en 1989 no fue solo la caída del aparato estalinista sino también de las economía planificadas, la mayor ganancia heredada de la propia Revolución rusa. La contrarrevolución social que ha hecho retroceder la rueda de la historia en esos países también cambió decisivamente las relaciones mundiales durante un tiempo. Sólo entre los marxistas, el Comité por una Internacional Obrera (CWI) reconoció lo que este revés representaba. Fue una derrota histórica para la clase obrera. Antes de esto existía en Rusia, en Europa del Este y en cierto sentido también en China, un modelo alternativo para el funcionamiento de la economía, a pesar de las monstruosas distorsiones de Stalin. Ahora ya no existe. Fidel Castro comparó la muerte de estos países como si “el sol se hubiese borrado”. Para los marxistas estas sociedades no representaban el sol. Pero consiguieron, por lo menos en su forma económica, representar una alternativa que, en una democracia de los trabajadores, podría haber hecho progresar a la sociedad.

Mientras reconocíamos lo que había pasado, también mostramos que esa derrota no fue de la escala de la de la década de 1930, cuando Hitler, Mussolini y Franco aplastaron las organizaciones obreras, creando así las bases para la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. La derrota a finales de la década de 1980 fue más de carácter ideológico y permitió a los ideólogos del capitalismo burlarse de cualquier proyecto futuro socialista.

Sin embargo, mientras la caída del estalinismo fue en gran parte un golpe ideológico a la clase trabajadora internacional, también tuvo serias repercusiones materiales. Llevó a la caída política masiva de los líderes de las organizaciones de los trabajadores quienes abandonaron el socialismo incluso como objetivo histórico, abrazando las ideas del capitalismo de una forma u otra. No sólo en Gran Bretaña, con la llegada del nuevo laborismo, sino en todos los países los antiguos partidos obreros se transformaron en formaciones capitalistas. Sólo se diferenciaban de los partidos abiertamente burgueses en la misma forma en la que los partidos liberales radicales capitalistas lo hicieron antes y ahora en EE.UU., en la forma de demócratas y republicanos, diferentes lados de la misma moneda capitalista. En los sindicatos, los líderes abandonaron cualquier idea de una alternativa al capitalismo. Por eso buscaron acomodarse en el sistema negociando entre el trabajo y el capital, más que ofreciendo un desafío fundamental.

Si aceptas el capitalismo, aceptas su lógica, las leyes del capitalismo, especialmente el empuje de los capitalistas para maximizar el enorme beneficio en poder de los jefes en detrimento de la clase trabajadora. Esto va mano a mano con la “cooperación social”. Puede llevar al “sindicalismo de los negocios”, que limita los movimiento de militantes de la clase trabajadora por más que los jefes pueden pretendidamente dar algo. De hecho, el desarrollo de los líderes sindicales mansos, acomodados a los límites del sistema, junto con el abandono del histórico objetivo del socialismo por los líderes de las organizaciones de los trabajadores, reforzaron enormemente la confianza y el poder de los capitalistas. Esto facilitó, sin la resistencia real de los líderes sindicales, la enorme disparidad de ingresos en una escala no vista desde antes de la Primera Guerra Mundial. El capitalismo desenfrenado no ha sido controlado por los líderes sindicales. Por el contrario, esto les ha dado una nueva oportunidad para oprimir a la clase trabajadora y obtener grandes beneficios, con sólo una pequeña parte destinada a sus salarios, en el altar de un revivido capitalismo.

Poniendo a prueba a la izquierda
Los acontecimientos de 1989 y sus consecuencias fueron una prueba para los marxistas y para los que apoyaban la opción trotskista. Con excepción de la CWI, la reacción de la mayoría de las organizaciones marxistas fue tratar de hablar lo menos posible. Los morenistas en Latinoamérica (Liga Internacional de Trabajadores, LIT) enterraron sus cabezas en la tierra negándose a reconocer que el capitalismo había sido restaurado. Sólo cambiaron su posición cuando los acontecimientos les golpearon en la nariz y ya no fue posible negar la realidad. Los “países capitalistas”, los líderes de la Tendencia Socialista Internacional, incluido el inglés SWP, creyeron que Rusia y Europa del Este no eran países obreros deformados sino estados capitalistas. La vuelta del capitalismo no fue considerada una derrota sino un “movimiento lateral”. En Alemania del Este, la IST apoyó la reunificación de una Alemania capitalista. Ese acercamiento fue acompañado por la desastrosa teoría de que nada había cambiado fundamentalmente en el mundo y que por eso, los 90 fueron favorables al marxismo porque eran “los años 30 en pequeña escala”. Desafortunadamente, los miembros del Secretariado Unificado de la IV Internacional también sacaron conclusiones pesimistas. Su principal teórico, Ernest Mandel, confesó a Tariq Ali justo antes de su muerte que el “proyecto socialista” era “imposible” por lo menos por 50 años.

Todos aquellos que predijeron la colosal extensión del ciclo de vida del capitalismo y el enterramiento del socialismo por generaciones, han sido contestados por los argumentos e ideas expuestos por los verdaderos socialistas en las últimas dos décadas. Pero el impacto de los acontecimientos ha sido la respuesta más grande a los escépticos. Especialmente la actual y devastadora crisis mundial capitalista. La intervención económica de los gobiernos capitalistas por todo el mundo ha conseguido impedir la inmediata repetición, quizá sólo temporalmente, de la depresión mundial de 1930. Al mismo tiempo, la conciencia de la gravedad de la situación por parte de la clase trabajadora no ha alcanzado todavía la situación objetiva. Está parcialmente restaurada la confianza de los portavoces del mundo capitalista anteriormente destrozada que temían que los trastornos masivos desafiarán los cimientos del sistema y se desarrollaran a espaldas de la crisis.

Por lo general el pensamiento humano es muy conservador. La conciencia de la clase trabajadora va siempre rezagada detrás de los acontecimientos. Esto se refuerza cuando la clase trabajadora no tiene una organización que pueda actuar como punto de referencia en la lucha contra el capitalismo. La derecha, incluso la extrema derecha, parece haber sido la máxima beneficiaria de la crisis. Esto no es único o excepcional en la primera fase de una crisis económica. Algo similar ocurrió en algunos países en la década de los 30, tal y como señaló recientemente el analista político Seumus Milne en The Guardian. Sin embargo trató de dar la impresión de que esto había ocurrido como una reacción inmediata en todos los países. La crisis de los años 30 también fue testigo de una radicalización entre la clase obrera mucho más extensa que la desarrollada en esta crisis.

Tras la crisis de 1930, es verdad que hubo un fortalecimiento de los nazis en Alemania. Pero también comenzó y se extendió la revolución española y las masas se pusieron en acción, con retraso pero decisivamente, en Francia desde 1931 en adelante. El factor, aunque imperfecto, que estaba presente en la década de los 30 pero no todavía hoy, era el de los partidos de masas socialistas y comunistas y las organizaciones de la clase trabajadora que, por lo menos formalmente, mantuvieron la oposición al capitalismo. Incluso en EE.UU. durante la crisis de 1929-33, mientras la clase trabajadora estuvo paralizada industrialmente, significantes secciones se radicalizaron políticamente e incluso el Partido Comunista, por ejemplo, consiguió nuevos miembros. Esto no ha ocurrido todavía en una escala significante en gran parte como resultado de la ausencia de pequeños partidos de la clase trabajadora, la creación de los cuales queda como una tarea urgente para los socialistas, los marxistas y el movimiento obrero.

Sin embargo, incluso entonces, cuando los intentos de crear tales organizacionescrecieron, sin un núcleo marxista firme proveyendo el carácter teórico para esas formaciones, muchos de esos nuevos desarrollos podrían titubear y algunos podrían nacer muertos o incluso colapsar. No obstante queda por hacer una tarea fundamental, la creación de las bases de estas formaciones en los próximos años.

El año 1989 fue un momento crucial en términos generales pero también para el marxismo. Las más optimistas pero también las más realistas tendencias dentro del movimiento obrero reconocimos que estos acontecimientos habían sido fue un significante contratiempo para el movimiento obrero. Pero no perdimos el equilibrio. La caída del estalinismo no eliminó las contradicciones inherentes del capitalismo. En verdad, se le dio un empujón al sistema, promocionando el proceso de la globalización a través del suministro de trabajo barato, una nueva forma de explotación, incluso superexplotación creada por el capitalismo. Pero la mayor debilidad del movimiento obrero animó la confianza, de hecho la arrogancia de la clase dirigente, que se engañó a sí misma con las burbujas económicas de las últimas dos décadas. A Hibris, la desmesura, le ha sido seguido Nemesis, el justo castigo de la crisis. El panorama del mundo capitalista no es del todo floreciente sino que está lleno de millones de trabajadores sin empleo y con un ejército de pobres en crecimiento.

La clase trabajadora está emocionada y está luchando. El marxismo, relegado a los márgenes por las ideologías capitalistas, se enfrentó directamente a la situación ha demostrado su viabilidad en este difícil periodo. Pero no es sólo en épocas de derrotas que se muestran sus ventajas a través de una análisis serio. Sus programas y políticas, a través del Partido Socialista y el CWI, en este nuevo periodo de incremento de la movilización por las masas contra el capitalismo, serán también relevantes. El año 1989 no enterró el socialismo o el marxismo. Empañó temporalmente la vista de la clase trabajadora pero que ahora está siendo clareada por la crisis actual y la incapacidad de este sistema para resolver incluso las necesidades más básicas de los habitantes de este planeta.

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